Tristeza, Libertad, Bonita.

 Vestía muy lindo, Tristeza Bonita, siempre usaba sandalias y vestidos al cuerpo. Un día de marzo, antes de salir de su casa, Tristeza Bonita se miró al espejo como escarbando en los ojos de su reflejo, diciendo tantas veces su nombre que comenzó a sonar extraño, como cuando se repite mucho una palabra y empieza a perder el sentido. "Tristeza, tristeza, triste"...ya no sonaba igual, sintió un vacío en el estómago y pensó que a lo mejor ese ya no era su nombre ¡Qué angustia! Se miró de nuevo, se llamó otra vez, nada, había perdido el sentido, ya Tristeza Bonita no era ella. 

Entonces tomó el diccionario, se sentó al borde de la cama y buscó un nuevo nombre; Amarillo, Beso, Canto, pero ninguno sonaba como ella. Así que tomó su bolso y salió a la calle esperando que alguien la llamara de alguna manera en la que ella se reconociera. "Buen día", no, "Café para llevar" tampoco. Tristeza Bonita repetía en su mente aquel nombre que ya no era suyo intentando e insistiendo mil maneras de recordar quién era ¿Y si lo digo al revés? "Bonita tristeza" no, "Azetsirt Atinob" ¡Menos!. 

Angustiada, olvidándose de ella, casi desvaneciéndose, decidió finalmente dejar la causa al sonido del viento, entonces cerró los ojos y tomó aire profundo, pudo escuchar al fondo un cauce de agua, un perro ladrando y una niña sonriendo, escuchó los aviones, las aves y el crujir de las hojas secas. 

Abrió pues los ojos y se miró las manos y las piernas, se tocó el pelo, la boca, y dijo: ¿Y si mi nombre realmente es Libertad? 

Un niño gritó a lo lejos ¡Un dos tres por mí, libero la barra! 

No hubo espacio para la duda. 

Gina Alejandra Giraldo Estrada

#JuevesDeMicrocuentos


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