El camino del llanto.

Era un llanto viejo, de esos salinos que entran por la comisura de los labios y que nacen desde la garganta, de esos que quitan el aire y fruncen las caras, un llanto fuerte, limpiador, pero triste, muy triste. 

Un día, cansado de su tristeza, el llanto decidió irse a recorrer el mundo con su maleta llena de recuerdos viejos y emprendió un mágico viaje en busca de su alegría. Cruzó bosques, visitó grandes ciudades, se encontró en el camino con lágrimas nerviosas que intentaron confundirlo y con llantos contenidos que le sentenciaban a la melancolía eterna, indicándole que mejor se escondiera, que al fin de cuentas, a nadie le gusta estar triste.

Pero el llanto, determinado y profundo, siguió su camino sin escuchar a nadie; fluyó, sin detenerse, sin reprimirse, sin atorarse, se deslizó imparablemente, casi pensando que acabaría secándose. Hasta que al fin, un día, sentado frente al gran mar, cansado de tanto andar, soltó su maleta y se fundió en el agua salada, sintió ese llanto como se transformaba, nadó en las olas y se hizo incalculablemente grande, por fin el llanto que antes fue tan triste, formando parte del océano y refrescando el borde de la arena, se tornó poderoso, encontró su alegría, fue un llanto feliz.

Gina Alejandra Giraldo Estrada.

#JuevesDeMicrocuentos





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