Ella y yo.

Habiendo pesado unos formidables 3.400gr y envuelta en una piel blanquísima, fue la primera de dos hijas para dos padres jóvenes e inexpertos. Era el mediodía del martes santo de 1987, cuando en el hospital de los alumbramientos de Medellín nació una niña que llevaría en su primer nombre el de la reconocida actriz italiana de mitad del siglo XX, Gina Lollobrigida, y en su segundo nombre, el de la piedra preciosa que emite destellos rojos y violetas, esa misma que acompañó a su abuela hasta el día de su muerte, considerada como fuente de inteligencia, felicidad y autoestima; Alejandra.

Su Imadre, una mujer rockanrollera y medio hippie, de quien heredaría su futuro gusto por las canciones en inglés, es inteligente y frágil, carga una densa historia de soledades, anhelos y valentías, una historia que le ha cicatrizado el corazón y el espíritu. Su padre, un hombre salsómano trabajador e independiente, fue criado bajo la moral católica de la cuál luego se desprendería, es el alma de la fiesta, un hombre bajito y chistoso, de quien sucedería su espontaneidad y sus ganas de llorar por todo.

Su historia se desarrolla en Medellín, una ciudad para la época, gobernada por el narcotráfico, la muerte y el tráfico infantil, este último vivido en carne propia en tres ocasiones; el primero, como lo cuenta su madre, fue a sus cinco meses de edad, cuando de no haber sido por  el forcejeo que hubo entre ella y algunos transeúntes que acudieron a su ayuda, hubiera sido raptada por aquél desconocido que la tomó a la fuerza; la segunda vez, teniendo poco menos de un año, el evento se repitió saliendo a pie de la clínica león XIII tomada de la mano de su padre; la tercera, sucedió a sus tres años, en plena avenida oriental con la playa cuando su madre enfrentó la situación con la ayuda de un policía que se encontraba cerca. De este modo su niñez transcurre entre toques de queda, racionamientos de energía, fraccionamientos políticos y el miedo colectivo de una sociedad por el nuevo despertar ciudadano con el que comenzaría el fin de la década ochentera.

Así entonces comienzan a pasar los días y con ello los nuevos aprendizajes llegan, para sus 9 meses ya caminaba, y desde sus dos años las palabras parecían siempre querer salir de su boca entre tarareos y cánticos; esos mismos que acompañarían a una pequeña niña morenita, quien luego de que a su madre mágicamente le desapareciera la gran panza, apareció en casa el 17 de octubre de 1989. Ella, Paulina, sería desde entonces su mejor amiga, su compañía, su amor eterno, su hermanita menor; a quien prometió proteger y defender siempre y a la cual daría la mano en sus primeros pasos, por quien inventaría historias de fantasía bajo castillos construidos con cobijas en el camarote, y a quien llevaría como única pasajera permitida en el sillín trasero del triciclo de metal; esa a quien aún hoy en día le agradece su existencia aunque pocas veces se lo diga, el mejor regalo que sus padres le han podido dar.


Para la época de los 90’s, cuando su niñez se desarrollaba, la amistad se le presentó como uno de los factores más relevantes, descubriéndola desde que entró al pre-escolar de doña Blanca, la señora de la casa de la esquina cuyas enseñanzas formaron niños desde la época de los 60’s; haciendo sus primeros amigos, aquellos con quienes compartía la lonchera, los juegos y la bicicleta, y de quienes aún carga viejas fotos en la billetera. Paralelamente la ciudad de Medellín mostraba dos caras, debatiéndose entre la dualidad de una ciudad cuarteada y herida, violentada y desangrada; y la escala de colores de la feria que invitaban a la ciudad a abrazar un despertar inconcluso. Así mismo ella vivía sus primeros años segmentados entre dos ambientes; por un lado, estaban las aulas de clase del colegio burgués donde comenzó a asistir a diario al comenzar la primaria, y, por otro lado, la vida familiar simple en una casa prefabricada a medio construir, donde en dos cuartos pequeños, vivía junto a sus padres y su hermana.

Desde que empezó la primaria conoció a cuatro amigas entrañables de quienes aún guarda sus contactos en dos viejos diarios, donde inocentes frases de amistad y viejos recortes de recuerdos fugaces dejados por ellas, forman uno de los más valiosos tesoros de su niñez. El colegio, con su formación netamente disciplinada y católica, habría de convertirse entonces no solo en un lugar de aprendizaje académico, sino de vida, y fue en este recinto donde explotaría su personalidad líder y creativa, haciendo teatro, recitando, cantando y bailando. Descubrió además su gusto por la lectura y la pintura, mismos que habrían de convertirse en la piedra angular en su desarrollo emocional y profesional, el primero, patrocinado por sus padres, le permitió poseer la colección de “primeros lectores” de la editorial Norma, pequeños libros que leyó muchas tardes con entusiasmo y expresividad a su hermana y a sus compañeras de colegio; y el segundo, se traduciría en su futura inclinación por el diseño y las artes.

Para entonces, los días de la semana trascurrían entre desayunos a las 5 de la mañana, actividades académicas hasta el mediodía, tareas hasta las 4 y juegos con los amigos del barrio hasta las 5; mas cuando cumplió 7 años, el divorció llegaría a su hogar y cambiaría la relación con sus padres para siempre así como la dinámica de la casa, ahora las semanas eran con mamá, y los fines de semana con papá.

La vida en semana sucedía con normalidad entre pocas heridas por caídas, muchas tareas en casa y grandes tasas de colada caliente al atardecer con las monjas; mas la llegada del sábado se anunciaba estruendosa con el viejo taxi del abuelo Francisco quien llegaba lleno de dulces de panela para ella y su hermana, dispuesto a llevarlas a la vieja casa en el centro donde se re-encontraban con la enorme familia paterna. Y fue justo uno de esos fines de semana, mientras los nietos dormían juntos en el tapete de la sala, cuando de repente el viejo chevette habría de explotar, llenando de tristeza el corazón del abuelo, y llevándolo poco a poco por el camino gris de la depresión que finalmente se transformaría en cáncer, ese mismo que en poco tiempo le languideció el cuerpo con el que apenas sostenía las boinas de cuero; el abuelo ya no comía dulces a escondidas con los nietos, ahora apenas se le refrescaban los labios con algodones húmedos, hasta que una tarde, el abuelo cerró los ojos para siempre, y tras él, un camino de distancias se trazó entre las familias Giraldo y Estrada.


Así pues, entre ires y venires, entre los tic tac del pasar del tiempo, los días y los años siguieron contando, hasta que la adolescencia fue llegando y junto con ella, también los cambios. Un nuevo colegio con educación semi-laica le traería de nuevo un ramillete de amigas, con quienes viviría y compartiría las experiencias de los primeros amores y desamores, a quienes les confiaría sus aventuras, sus rebeldías, sus miedos y sus confusiones, a quienes aún conserva a su lado, y a quienes pretende conservar hasta su vejez, sus amigas del alma.


Fue en ese entonces cuando además un primer amor tocó a su puerta de la manera más estruendosa, y cubierto por una máscara amable, lleno de hormonas y explosiones emocionales, trajo consigo la ilusión, el deseo y la determinación, la ira, las reclamaciones a sus padres y la confusión hacia sí misma; el largo camino por el auto-conocimiento se abrió ante sus ojos, y sin saber cuál camino tomar, el tornado arrasó su juventud y la manera de relacionarse con los demás. Entonces cuando cumplió 16 años, culminó sus estudios de bachiller, y dispuesta a encontrar un camino profesional adecuado se encontró con diversos baches que le hicieron tropezar.

Comenzó su vida universitaria entre amores de juventud y nuevas experiencias de aprendizaje, y a sus 19 años emprendió una vida fuera del hogar materno llevándose a su hermana con ella. La vida para ese entonces no se le hizo fácil, el trabajo en dos turnos junto con la carga universitaria la obligó a tomar decisiones de peso, y se vio enfrentada a un mundo de adultos, colmado de jornadas laborales extenuantes y salarios de bajo monto, pagos de arriendo, listas de mercado, preocupaciones por altos costos en los servicios telefónicos, y el futuro universitario de su hermana quien apenas terminaba el colegio.

El tiempo continuó pasando, Paulina, la persona más inteligente y dedicada que conoce, fue becada por su alto puntaje en las pruebas de estado; el mundo continuaba su giro imparable y la vida parecía mejorar, y entonces pudo retomar sus estudios universitarios. El diseño se convirtió en el motivante para la búsqueda de un mejor futuro, y fue allí donde conoció a Diana, la compañera de universidad con quién cometería locuras y lloraría sus tristezas, quien se convertiría en su bastón en muchos momentos de cansancio y angustia, y en su cómplice para la felicidad, los bailes hasta el amanecer y los cuentos imaginados.

La edad adulta fue llegando rápidamente, entonces no solo su cuerpo sino también su mente, se transformaron de forma casi intempestiva, sus opciones de vida parecían mezclar mil alternativas, y sin permitirle seguir un rumbo fijo pasó por diversos mundos laborales que terminaron de formar sus gustos vocacionales y sus capacidades competitivas. Entonces una gran antesala de expectativas se comenzó a abrir ante sus ojos cuando la mitad de los 20’s hizo su arribo, y con el alma lacerada por los desamores y las decepciones, conoció a aquél hombre que le ayudaría a sacudir la tierra de sus zapatos y con quien emprendería una nueva hazaña, con quien, a pesar de los errores, los disgustos y los contratiempos, sin haberlo previsto o planeado, se casó a sus 30. Él se encargaría de mostrarle el mundo, dándole alegrías, así como tristezas, la llevó a conocer lugares maravillosos, otros no tanto, pero lugares donde nunca hubiera imaginado estar, le abrió los brazos, le hizo de comer y le tendió la mano. Juntos formaron un hogar, sin hijos, pero rodeado de animales, paisajes, sabores y proyectos, un hogar sin promesas, repleto de solidaridad, compañía y admiración.

Ella hoy sigue en la búsqueda por sí misma, su personalidad es la misma, aún es esa niña que lideraba los juegos en el colegio, que declamaba poesías y cantaba en las reuniones familiares, la misma niña que lanzaba la carne del mercado por el balcón para repartirla a los perros callejeros, conserva el mismo carácter líder e impaciente, sigue odiando las intolerancias y amando los días soleados; ella es una mujer de 32 años cuyas experiencias vividas se han traducido en brillantes canas que de a poco le están cubriendo el cabello, con la energía de una joven de 18 y las ganas de vivir de una niña de 6. 


  
Ella es quien he sido, quien soy, y quien quiero ser; ella, soy yo

GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA.

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