Receta para el amor.
Destrozada por las traiciones había levantado un fuerte en su pecho, escondida tras los muros de su propio resentimiento y desengaño, anhelaba la eterna ilusión de ser una enamorada consagrada a tiempo completo; su perspicacia y su sarcasmo producían chispas, tenía gustos simples y mente
juguetona, amaba cocinar y leer revistas de recetas, le gustaba sentarse a ver
la blancura de sus paredes e imaginar figuras a partir de la nada, su
apartamento todo blanco le ayudaba a despejar los pensamientos cuando necesita sacar algo de su mente, siempre fue valiente y apasionada, en el sexo desbordaba toda la lujuria existente y a cambio, solo pedía lo mismo.
Era un día de marzo y la tarde había llegado mientras el noticiero anunciaba los altos índices de pulición, mientras mordiendo la boca de su nuevo amante, acostados en la cama, miraba su rostro disimuladamente dormido y deslizaba su dedo índice por el fornido cuerpo, repitiéndose soliloquios que vanagloriaban lo valiente que había sido al arriesgar de nuevo su corazón, intentando revivir en él esas sensaciones que hace meses le
producían otros roces.
Lo observó tirado en la cama, con la mirada perdida y la piel desnuda, asoleado levemente por el sol violáceo que anuncia la lluvia; entonces suspiró profundamente y con curiosidad, determinada a confirmar su amor, le preguntó si la amaba, si alguna vez lo había hecho, suplicó por una respuesta que jamás escuchó, él, enmudecido, se negaba a responder. Sus caricias se hicieron cada vez más firmes, impaciente por una respuesta de aprobación a todo lo que había decidido arriesgar por él, y ante la frustración de otro posible fracaso sentimental, se vio a si misma repitiendo la historia de desamor que ya antes había vivido, y reconoció esos fantasmas insinuantes del pasado formando sombras en las paredes, saltando por los muros, adueñándose de su mente y su corazón maltrecho, advirtiéndole el comienzo del fin. Fue ahí cuando sin titubeos, tomó al hombre por los brazos y lo zarandeó mientras él sólo callaba, sacudiéndolo bruscamente lo besó, mordió su pecho, gritó con ira y con tristeza, pero él entre espasmos inexactos parecía perdido en la blancura del techo; entonces ella, incrédula, impotente y frustrada, se postró a sus pies y besándolos entre lamentos, le reclamó su falta de amor y le pidió de vuelta todo el que ella le había dado, mas él, de nuevo, solo calló.
Lo observó tirado en la cama, con la mirada perdida y la piel desnuda, asoleado levemente por el sol violáceo que anuncia la lluvia; entonces suspiró profundamente y con curiosidad, determinada a confirmar su amor, le preguntó si la amaba, si alguna vez lo había hecho, suplicó por una respuesta que jamás escuchó, él, enmudecido, se negaba a responder. Sus caricias se hicieron cada vez más firmes, impaciente por una respuesta de aprobación a todo lo que había decidido arriesgar por él, y ante la frustración de otro posible fracaso sentimental, se vio a si misma repitiendo la historia de desamor que ya antes había vivido, y reconoció esos fantasmas insinuantes del pasado formando sombras en las paredes, saltando por los muros, adueñándose de su mente y su corazón maltrecho, advirtiéndole el comienzo del fin. Fue ahí cuando sin titubeos, tomó al hombre por los brazos y lo zarandeó mientras él sólo callaba, sacudiéndolo bruscamente lo besó, mordió su pecho, gritó con ira y con tristeza, pero él entre espasmos inexactos parecía perdido en la blancura del techo; entonces ella, incrédula, impotente y frustrada, se postró a sus pies y besándolos entre lamentos, le reclamó su falta de amor y le pidió de vuelta todo el que ella le había dado, mas él, de nuevo, solo calló.
Secó sus lágrimas pretendiendo que nada había sucedido, salió de la habitación y dispuso el horno para preparar la cena; esperando el pitido que anuncia la temperatura para la cocción, volvió a la habitación, se sentó al borde del lecho mientras picaba una cama de vegetales que dispuso sobre la refractaria, y emprendió entre las sábanas una nueva búsqueda de calor varonil. Comenzó por deslizar sus dedos temblorosos sobre el torso del hombre, luego, delineando un camino punzante con el pequeño cuchillo, sembró leves piquetes en la suave piel de su amante, primero los pies, luego las rodillas, el ombligo, la frente, pero él solo mostraba indiferencia, entonces lentamente, con delicadeza y profesionalismo, Eva comenzó a soltar la cuerda que sujetaba el ahora rígido cuello de su enamorado.
El pitido en la cocina anunciaba los 450°, entonces con la premura por el apetito pos-coito, rebanó unas cuantas láminas del exquisito torso, tomó un par de costillas, y cobijando la apetitosa base de pimentones y zuccinis, se dispuso a cocinar el platillo según su propia receta.
Durante las próximas semanas, en casa de Eva hubo festín, llenándose con trozos de ese cuerpo que amó con pasión y que ahora reposaba en la más deliciosa salsa casera, disfrutó saboreando aquella deliciosa lengua dispuesta en finas láminas, de las pequeñas salchichas envueltas y del maravilloso estofado al curry, entretanto saciaban su voraz apetito, pensaba en lo difícil que es amar. Pronto su nevera estaría vacía y tendría que ser valiente de nuevo, tendría que salir a buscar un nuevo amor.
GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA.
El pitido en la cocina anunciaba los 450°, entonces con la premura por el apetito pos-coito, rebanó unas cuantas láminas del exquisito torso, tomó un par de costillas, y cobijando la apetitosa base de pimentones y zuccinis, se dispuso a cocinar el platillo según su propia receta.
Durante las próximas semanas, en casa de Eva hubo festín, llenándose con trozos de ese cuerpo que amó con pasión y que ahora reposaba en la más deliciosa salsa casera, disfrutó saboreando aquella deliciosa lengua dispuesta en finas láminas, de las pequeñas salchichas envueltas y del maravilloso estofado al curry, entretanto saciaban su voraz apetito, pensaba en lo difícil que es amar. Pronto su nevera estaría vacía y tendría que ser valiente de nuevo, tendría que salir a buscar un nuevo amor.
GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA.
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