La foto polaroid

Esa noche,  Antonia, o toña, como le llamaba su hermanito menor,  intentaba preparar la receta que le había compartido su tía, mientras venía de nuevo ese pensamiento recurrente de las últimas semanas, ese que le decía que sus proyectos de vida habían sido un completo fracaso, que con cada día que pasaba las cosas se iban haciendo más complicadas para ella; y que, finalmente, le hacía desear, de una extraña, pero inevitable manera, la posibilidad de trasladar su cuerpo al de alguien más; estaba simplemente rendida ante el fracaso que consideraba su existencia, anhelaba en sus adentros, tener el poder para cambiar tantas cosas en ella, poder ser alguien más, quien fuera, menos ella.

Hace ya un mes  se encontraba desempleada, su último jefe aún le debía dinero,  y Andrea, su antigua compañera de piso, había tomado la maravillosa decisión de irse sin avisar, llevarse sus cosas y largarse con el pendejo de Santiago; un pobre flaco de ojos saltones que había conocido solo tres semanas antes en un antro cerca al parque del periodista; esa noche, a pesar de todo, Toña se armó de coraje y quiso salir  a trotar, a refrescarse; puso el fogón en bajo ya que no pensaba tardar, tomó sus viejos tennis, una sudadera, y bajó las escalas en trotecitos para calentar un poco;  pero como al que le dan carne y se le caen los dientes, saliendo del portón de la casa cayó al suelo haciendo una maroma cirquesca, resbalando entre delicias espesas de hierbas fermentadas que había dejado una yegua que pasaba por el sitio, a lo que exclamó:

-“Hijueputa, ahora sí, es que estoy cagada”-  se levantó, miró al cielo, sonrió, y regresó adentro, ya no quiso salir más.

Entró a su casa, llenó la bañera, y con la esperanza de deshacerse del olor a estiércol en la piel, vació en ella jabón líquido, shampoo, bicarbonato, y unas gotas de cloro…!por si las moscas! Y se dio un baño de rigor con estropajo; luego de unos 20 minutos en remojo, y habiéndose percatado de que el olor ya no existiera, se envolvió en la toalla, llevó la ropa sucia a un balde con detergente y suavizante; y se dispuso a relajar la ansiedad de la noche poniendo en su MP3 la lista de canciones que su amigo Gabo le había regalado hace tiempo, y que había nombrado “canciones para no morir en el intento”; así entonces apagó el ruido de la calle, se puso ropa interior limpia, y embadurnó su cuerpo en crema de manos; colgó la toalla en el alambre, volvió a la sala, y mirando a su alrededor sintió que el olor a mierda aún seguía en el ambiente, así que considerando que una buena jornada de aseo  también ayudaría a renovar las energías de su casa, se dispuso a  limpiar; quiso comenzar por organizar la compilación de libros viejos que reposaban en la gran biblioteca, mientras se preguntaba qué hacía con una colección tan grande de textos; era consciente de  que a sus 33 años, no había leído ni la mitad; y aún cuando muchos de ellos, incluyendo el  heredado por su tío Augusto, ni siquiera habían pasado de las primeras páginas ante los ojos de la inconstante lectora, para Toña leer las dedicatorias en sus libros, o simplemente almacenarlos como un artículo decorativo; era motivo suficiente para conservarlos, además, pensaba que éstos le daban un aire bohemio al lugar; así que mientras pasaba el limpión suavemente por las portadas, descubría sorprendida su preciado repertorio; tomó un libro regordete de la esquina superior derecha, en cuya carátula arrugada y vieja, se leía un escrito hecho a mano que decía  “los viajes de Gulliver, tercera edición; éste libro cuenta la maravillosa historia de un hombre que decide viajar y conocer países llenos de curiosidades y personajes pintorescos; esto es  lo que deseo para ti, mi querida sobrina, vive la vida, viaja, aprende, ríete y búrlate de todo, no te tomes la vida tan en serio, te quiere, Augusto”; al ver esto, sintió que su vida era una gran decepción para su tan querido familiar, quien siempre quiso motivarla a hacer mil cosas, pero quien cuando ella tenía solo 16 años, había muerto de un infarto por su gran amor a la comida rápida y los deportes extremos.

Conforme pasaba la noche, mientras el café amargo le dilataba un poco las pupilas y el suelo de su departamento se llenaba con polvo y telarañas que caían, Toña pudo ver escondido entre la pasta dura de “historias de cronopios y de famas de Cortazar” y unas hojas sueltas de algunos poemas de Rimbaud, un albúm de fotos viejas en cuya portada decía, en letra romántica, “Por un adiós para siempre”, al leer esto se le erizaron los vellos, y le embargó la duda de no saber por qué nunca había visto este álbum tan curioso; una serie de fotos polaroid que tampoco conocía resbalaron entre las hojas de éste y cayeron al suelo en bloque, húmedas entre ellas por el paso del tiempo,  las tomó suavemente para poderlas despegar en el suelo  y bajó la escalera, recordó que había dejado en el fogón preparando la cazuela de salchichas que su tía Elena le había enseñado, corrió a la cocina y vio como sus intentos de cocinera se hacían melcocha negra en el fondo de la olla.

-¡Mierda! Dijo, y resoplando por sentirse tan hambrienta, tomó el teléfono y ordenó una pizza, se sirvió otro café amargo, y volvió al suelo frio del salón a continuar su labor de limpieza.

Puso todos los libros en el suelo, sacudió los mugrosos stands, y habiendo pasado unos 30 minutos sonó el citófono que informaba la llegada de su pizza; dio orden al mensajero de entrar y esperó. En cuanto éste llegó Toña corrió al cuarto y tomó un billete de 20 mil de la bolsita de las medias que era dónde guardaba la plata por seguridad y salió a recibir  su orden olvidando que aún estaba en ropa interior; igual, esto no era problema para ella, nunca había sido insegura de su cuerpo; ella era una mujer de un metro sesenta, piel morena y cejas gruesas, tenía enormes ojos negros y cabello del mismo color que caía con suavidad entre rizos por el largo de su espalda; sus labios delgados eran siempre su mejor cualidad; era inevitable para ella sentirse deseada ante la mirada de los hombres, por lo que  recibió su pizza sin molestia, mientras el domiciliario la miraba morboso; le entregó el billete y lentamente cerró la puerta entre miradas deseosas; corrió al salón,  destapó  la caja de pizza aún caliente y se dispuso a disfrutar ese manjar con olor a tomate y albahaca que le hacía salivar con ansias.

Con  la caja de pizza entre las piernas, volvió a su tarea hasta terminarla; y dejando por fuera las fotos viejas que encontró, quiso darse un receso, tomar un gran vaso de agua con hielo y sentarse en el sofá a detallar su tan curioso descubrimiento.

Comenzó por notar en las fotos a un grupo de personas que no conocía, en la primera, se veía a una niña acostada en su cama, ella un tanto rechoncha, de cabello corto rubio y vestido de flores, en otra, habían dos gemelos, sentados en una banca, tomados de las manos y con una sonrisa un tanto forzada, que, a su parecer, tenía un tinte macabro, místico; siguió pasando las fotos entre sus manos, en ellas distinguía mujeres jóvenes hermosas y pequeños niños, pero notaba en todos ellos sus ojos cerrados, no quiso prestar demasiada atención a este detalle, pensó que tal vez, eran fotos demasiado viejas, y el flash era quizá tan fuerte que debían hacerlo para no quemar sus corneas. Encontró también retratos de  lugares que nunca antes había visto, aves extrañas, árboles secos y perros que acompañaban a elegantes mujeres de proporciones talla plus; pero  una de las fotos llamó particularmente su atención, en ella, posaba un hombre fuerte y apuesto, de grandes hombros y una barba varonil, quién además era el único que tenía sus ojos abiertos y parecía mirar fijamente a la cámara, éste, además, con su mano izquierda, reposada sobre el hombro de una linda mujer blanca de cabello negro, hacía un gesto que señalaba al frente; y era notorio, bajo los pies de la muchacha de la foto, una inscripción que pese a lo añejo de la imagen, señalaba lo siguiente:

-“si usted ha encontrado esta foto, y logra entender este escrito, seguramente es una mujer muy especial, le ruego, por favor, no la vaya a romper, si la tiene en sus manos, tómela con cuidado y siga las siguientes instrucciones, yo, en cambio, le aseguro que su vida tomará una nueva perspectiva: Caliente en una olla dos clavos de olor con un chorro de aguardiente, sumerja la foto en ella, agregue una tasa entera de miel, y por favor, no se asuste, si es mujer, bésela, unte la mezcla suavemente por sus labios, disfrútela, haga el amor con ella, yo le prometo, que si lo hace su vida, nunca será la misma; Ana”

Toña se sintió un poco burlona por su descubrimiento, pero a su vez curiosa y pensativa; creyó que esto debía ser un mal chiste, así que puso la foto con las demás, las dejó sobre la mesa de centro y decidió ir a dormir, era suficiente emoción para un solo día. Fue entonces a su cuarto, tomó  una suave manta que le arropara de la noche, pero que fuera tan fresca que pudiera soportar el calor que hacía últimamente; recostada en la cama abrió un poco la ventana del cuarto que daba al tejado del vecino, no le gustaba mucho abrirla porque su gato Malaquías se las arreglaba para salir a sus andanzas de medianoche, de las cuales generalmente regresaba con un ave muerta entre la mandíbula y un baño de sangre en el hocico y las patas; pero esta noche, no soportaba el calor, así que confió en su felino amigo y dándole las respectivas advertencias de sus actos  volvió a la cama, pero daba vueltas en su cabeza las palabras de aquél escrito en la foto y no podía dormir, eran ya las 2 de la madrugada y los ojos se le abrían sin permitirle descansar; desesperada se levantó encendió un porro, y volvió al salón a reparar con detalle las fotos encima de la mesita.

Un tanto angustiada; incrédula, pero nerviosa y risueña, sintiéndose un poco malvada, fue a buscar en la cocina los ingredientes para la pócima indicada, y viéndose preparando todo, puso la lista de su MP3 en la canción que había parado antes y esperó que la preparación enfriara un poco.

Se sentó con las piernas estiradas y entreabiertas, metió su dedo índice y anular en la mezcla y sonriendo probó el dulce néctar, mirando la foto fijamente tomó el suculento almibar y lo regó por su vientre, lo resbaló por sus labios, mientras recordaba la mirada del chico de la pizzería; los efectos de la hierba se mezclaban con un calor mágico que le envolvía la cadera, deslizaba sus dedos empalagados de miel y agardiente por su entrepierna, y su mente se iba yendo por esos mundos increíbles que había visto en las páginas del libro que le regalara su tío  y en las  demás fotos que había encontrado, se vio deseosa por aquél  hombre de la foto, lo imaginaba respirando en su abdomen, Toña estaba invadida de una sensación tan abstracta y etérea que le entrecortaba la respiración, era un éxtasis de lujuria y magia que le hizo tomar la foto y seguir con deseo las indicaciones de la inscripción, tomó ésta, la deslizó por sus piernas, la rozó suavemente por las mejillas, y besó a aquél hombre con ternura.

La noche continuaba su curso y Toña permanecía intoxicada de ese amor que ahora sentía por el hombre de la foto; cuando de pronto, un pequeño sollozo se escuchó y una corriente helada comenzó a subir por sus caderas  hasta su cintura; sintió como unas manos frías, delgadas y de uñas largas, que no entendía de dónde venían, intentaban arrancarle la piel y se le clavaban en las costillas, jalándola y arrastrándola por el piso del salón con saña, mientras Toña trataba de sujetarse de todo lo que a su paso iba encontrando,  confundida y temerosa, no podía gritar, parecía que su boca hubiera sido cosida con hilo,  gemía intentando no sentir tanto dolor disfrazado de placer; pero de pronto, todo se hizo estático, y ella, tirada en el suelo, desnuda, impávida, vio como la silueta de la mujer de la foto tomaba vida frente a sus ojos y se hacía cada vez más grande su presencia y su forma.

Toña, se hacía a cada segundo un poco más débil, y perdía el aliento, percibía como  sus olores, sus vapores y hasta el color de su piel ya no le pertenecían entretanto la otra mujer se apoderaba de ellos; se sintió sin más fuerza entre murmullos y pequeñas lágrimas que se le iban secando; de repente, Toña ya no estaba en su casa, se encontró a si misma de pie, tomada por los hombros por el tipo de la foto, viéndose pálida, con la piel en un tono amarillo y empolvada; frente a sí, veía a la mujer que antes ocupaba su lugar, sonriente, parecida a ella, y tomando el álbum de fotos que había limpiado; pudo leer de nuevo el título que lo decoraba “Por un adiós para siempre”, vio a lo lejos que ya resplandecía la luz tenue del amanecer, y a Malaquías, que llegaba caminando lento con una gran paloma entre las garras que a su vez iba dibujando un rio de sangre por el suelo.

Mientras  la mujer separaba de a poco las páginas de plástico del álbum, tomaba las demás fotos de la mesita y las guardaba delicadamente de a una en él, de a poco, Toña sentía cómo todo se hacía cada vez más oscuro, sus ojos se iban cerrando por una fuerza que no podía contener aunque lo intentara, no podía gritar y la imagen de su casa, de sus libros, cada instante se hacía más pequeña, más irreconocible.

Fue entonces, cuando Toña pudo ver, impreciso, el rostro de la mujer, quien abriendo la boca, a la vez que cerraba el álbum de fotos y en un tono de voz ronco, pronunciaba crudamente su sentencia:


 -”Bienvenida a tu nueva perspectiva, Ana, bienvenida a tu nueva vida”

Todo se hizo oscuridad





GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA

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