Río de agua viva.
¡Majestuosa! Pensaba él mientras observaba aquella escena detrás de la ventana, lamiéndose los labios, anhelando, esperando; sumergido en la duda del qué hacer, debatiéndose entre el instinto y la maravilla que sus ojos presenciaban.
Del otro lado del vidrio, unas blancas y dadivosas manos emanaban largos hilos rojos; el filo de la navaja, tal como Moisés, había dividido tras de sí el camino que la conduciría a un mundo lejano. Gotas cálidas y palpitantes resbalaban sobre su piel, y algunas como pecas chispeantes parecidas al rocío sobre las flores, pintaban a su paso pequeños caminos en un tono violáceo. Ríos ferrosos le recorrían los brazos y caían sobre sus grandes muslos, una dulce savia roja que brotaba incontrolable como agua de nacimiento, declaraba en ella el final de la hermosa tragedia, a su vez que el rostro pálido y la boca abierta anunciaban con suspiros cortos la entrada al oscuro infinito.
¡La amo! Dijo, y entonces sucedió.
Él, demonio, execrable y cruel, deslizándose imperceptible postró su cuerpo frente al de ella, lamió sus sangrantes muñecas y bebió su tierna savia, besó su cuello y aspiró su metálico aroma; luego dió gracias al Dios que le maldijo, mientras saboreaba y succionaba con deleite aquel manjar celestial, deliciosa fuente de poderes mágicos, alimento para quien fuese señalado y condenado a lo eterno.
Gina Alejandra Giraldo Estrada
#JuevesDeMicrocuentos
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