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Una noche en que el cielo se decoraba de estrellas, Aurora miraba perpleja el rostro de Badir, justo antes de que llamada por el impulso a realizar lo
inimaginable, una corriente violenta de aire que le entró por la espalda la empujó a hacer lo impensable.
Primero, resueltamente introdujo sus dedos por encima de su propia
mejilla izquierda y sacó de un tirón su resbaladizo ojo, luego, sintiéndolo
todavía palpitante, rápidamente lo deslizó para encontrarle lugar en la cara de
Badir, quien, confundido y aún ciego, dejando caer su cuerpo sobre el césped un
poco húmedo, casi por instinto separó levemente sus párpados casi atrofiados.
Entonces las imágenes difusas, entremezcladas con el rojo de la sangre,
comenzaron a formarse frente a él, mientras Aurora, mirando el cielo fijamente
por su azulado y huérfano ojo, esperaba tranquila por el éxito de aquél torpe
experimento y narraba con detalle la infinitud del cielo, donde los astros
tomaban forma de pintura derramada, y el titilar de las estrellas sonaba como
el estridular de los grillos.
La mirada de Badir solía danzar perdida en la penumbra infinita,
mientras su mente enérgica dibujaba las formas del ruido imaginable, pintando
en sus adentros los colores de la ropa, y trazando con los dedos las formas de
las cosas. Aurora, por su parte, habiendo sido dueña de la extraña belleza heterocromatina,
aún gusta de mirar por largos ratos el cielo oscuro sin espabilar, hasta que
las pequeñas figuras de colores empiezan a bailar dispersas en el líquido
ocular.
Para Badir y Aurora el mundo nunca ha sido visto tan claramente, él,
quien nació con dos cavidades vacías en el lugar donde deberían estar los ojos,
guarda desde entonces en su cuenca izquierda el tono verde de un iris ajeno que
le ayuda a con ver la psicodelia del universo, en tanto Aurora vislumbra el
mundo a través de un azulado y huérfano mirar. Ahora él ve el mundo gracias a
ella, más es gracias a él que ella lo comprende, nunca, nadie, pudo contemplar
el mundo con tanta claridad.
GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA.

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