Los pájaros del patio.

Su voz como su belleza fueron su cruz y su condena, desde el día en que aquél incauto decidió hacerlas propia sin derecho y sin vergüenza, arropándolas con la pesada red de niebla que les cortaría el vuelo, encerrándoles el alma entre los barrotes de una fría jaula.

Eugenia intentaba recordar la última vez que sintió el viento soplándole la cara, mientras pasaba sus dedos suavemente sobre el violáceo hematoma que le decoraba la mejilla izquierda, y mirando los ojos saltones de la Eufonia, se imaginó los tiempos en que aquella pequeña ave, ahora sometida al obligado calabozo, fuera libre y cantara melodías. Casi podía ver el brillo de los rayos del sol recogidos en sus suaves plumas, entonces fantaseó con su libertad. 

Fue así que con un movimiento impredecible comenzó a abrir una a una las puertas de las jaulas, y vio a los pájaros del patio  alejarse, revolviendo con su aleteo el fino polvo que caía sobre su frente.

Fue entonces que el temor la invadió de nuevo al sentir los pasos tambaleantes del experto cazador que anunciaban su pronta llegada, y en un suspiro tembloroso, viendo las diminutas plumas sostenidas en el aire, alcanzó a decir -Ojalá yo también pudiera volar- justo antes de que la larga varilla metálica se postrara sobre su otra mejilla.


GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA

#JuevesDeMicrocuentos

Para todas las mujeres a las que les han cortado las alas.



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