La casa.

Setenta años desde que comenzó a construir su casa y ni la humedad del bareque había podido acabar con sus asmáticos pulmones; la casa, su casa, no sólo le pertenece, sino que se le parece, tanto él a ella, como ella a él, ambos curtidos por la humedad de la quebrada, roídos por el trajín de los años, pero con la sabiduría y la resistencia que a los viejos caracteriza. 
La sobria morada de olor a mango maduro yergue sobre el borde de la pendiente, decorando como estrellita el pico de la montaña que le ha sostenido; mas ha sido sentenciada a la destrucción por las elegantes firmas del gobierno, que en nombre del desarrollo contemporáneo le han puesto fecha a la desgracia; así que él, terco y decidido, orgulloso e inquebrantable, almádana en mano ha resuelto adelantarse, y golpe a golpe da comienzo al traqueteo sinfónico que marca el fin de aquella antigua construcción. Primero las ventanas, seguido del mesón y luego las puertas; para cuando ha caído el último muro, el gastado obrero mira el filo del abismo, limpia el polvo de su cara con las ampolladas manos pintadas en sangre, e inamovible frente al polvoriento cúmulo de escombros, balanceando con precisión la herramienta hasta su frente, de un martillazo mortal da por terminada su obra.


GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA
#JuevesDeMicrocuentos

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