Encontrar una estrella

 Caminaba con afán tras el brillo de una estrella, la miraba desde lejos anhelando tenerla cerca, queriendo ser su dueña. 

La veía cada noche desde su ventana, suspirando; imaginaba tantas veces cómo sería la vida cuando la tuviera en su casa, la guardaría en un canasto decorado con satín, y al lado de sus libros viviría para siempre.

Se arriesgó muchas veces a querer atraparla, un día incluso lanzó una soga al cielo esperando agarrarla, pero fue inútil; otra vez,  intentó con las escaleras más largas unidas con clavos una tras otra, pero al montarse siempre tambaleaba y acababa de nuevo en el suelo. Así, siempre se esforzaba por ser la dueña de esa estrella brillante que la seducía desde las nubes, hasta hizo algo que leyó en un libro y le puso trampas con dulces de manzana, luego le cantó sonetos con emoción tratando de enamorarla, pero, de nuevo, siempre fracasaba. 

Entonces, cansada de subir y caer, de que se rieran de ella por querer ser dueña de una estrella y de nunca poder alcanzar el cielo, un día renunció a su objetivo, a ese amor imposible e inalcanzable. 

Tras ello, tomó su maleta y se fue muy lejos, zarpó sola, se perdió en el mar, navegando por meses entre la penumbra de un cielo negro que, como si supiera lo que pasaba, escondió tras sus nubes cualquier rastro de estrellas. 

Mas fue después de un largo sueño arrullado por el mar en calma, que cansado también el cielo de ver en ella tanta tristeza, limpió su polvo y se abrió brillante; tan azul, tan reluciente, tan enorme, que cuando ella abrió los ojos no podía ni siquiera mirarle, así que apenas tapando la luz con las palmas de sus manos, miró hacia el frente, atónita, sintiendo un escalofrío que le entraba por la espalda, porque justo ahí, arrebolando en violetas y rojos el panorama, estaba frente a ella la más hermosa estrella, fundida con el borde del agua, naciente con las olas y el mar caliente, enorme y hermosa de color naranja. 

Sintió ella entonces de nuevo ese amor que le ardía en el pecho, y con los ojos iluminados, llenos de lágrimas y emoción, arrojó de nuevo la soga hacia el viento, unió de nuevo las escaleras con clavos, y comenzó a preparar la trampa de manzanas como indicaba el libro. 

Y que afortunado fui al saber que ella en su plan continuó, porque fue así que la conocí, sola, sentada sobre las piedras al borde del muelle, con la piel tostada y el sombrero de paja, cantando coplas al sol ardiente con las mejillas pecosas, suspirando con el sueño más enorme por lograr aquello que parece imposible. Mientras yo, deslumbrado por su paz, por su tesón, y por la belleza de su ingenio, me declaré sin duda de ella enamorado, y es que creo que ella no lo sabe, pero soy yo quien al fin mi estrella he encontrado. 


GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA

 




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