Sola.

Qué van a saber ustedes de soledad si no se han quedado dormidos llorando, con el corazón arrugado y en completa desazón. Buscando un lugar al qué pertenecer buscándose a sí mismo, odiándose tanto, apagándose, queriendo desaparecer para siempre. 

Con el cuerpo pesado de dolor, con la cabeza inundada en lágrimas, los dientes flojos de apretar y las manos lastimadas de apretar con las uñas. 

Qué van a saber ustedes de mí, qué van a saber de lo que siento, de lo que no quiero sentir, ¿qué sabrán?, me ven y no me ven, nadie me conoce, nadie lo puede entender.

Un sinfín, un infinito, una oscuridad tan profunda como el vacío en mi cabeza, un remolino de palmaditas en la espalda mientras por dentro se derrama todo. Es la auténtica soledad que me acompaña, que me mira con una lástima dolorosa, una soledad que me golpea y me maltrata, que me achica y me juzga. 

La sensación de la duda, donde no soy y no me encuentro; dónde, cómo, ¿Para qué? ...para nada, eso me digo, las pastillas se ven tan brillantes en el cajón. ¿Unas 100 serán suficientes? 

Nadie me oye, nadie me ve, nadie me escucha excepto los gatos, mis gatos que tanto extraño. Mi hogar. 

Qué saben ustedes de mí cuando no me ven... nada, la cara pintada y el vestido a medida disimulan lo de adentro, lo que importa. La curvilínea de piel blanca, la de las ideas brillantes, la de comentarios inteligentes, la que pinta y escribe, la que hace de todo pero que sabe que no hace nada, esa que asombra, deslumbra y encanta pero es una flor seca, marchita, sin gracia. 

No saben, no tienen por qué saberlo, solo han visto la cubierta, nadie ha leído las páginas completas. ¿Vergüenza? Tal vez, tantas lágrimas recogidas en frascos que le llenan la casa, tantas historias que mueren en el aire pero le cicatrizan las piernas. 

La soledad le pesa, le cobra la vida, ¡Pero te ves muy joven!... sonríe, las canas que lleva no son gratis, las arrugas se le han hecho en el alma. 


Gina Alejandra Giraldo Estrada.

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