¡Hagamos una histeria!

Este cuento está dedicado a todas nosotras, a  quienes en algún momento hemos sido acosadas, cosificadas, sexualizadas, disminuidas;  a nosotras,  que se nos ha dicho en el tiempo que nuestra función no va más allá de dar y callar sin pedir …para todas nosotras, las histéricas.

Para comienzos de la década de los cincuenta ya en todo Europa se había esparcido el halito de una enfermedad contagiosa y terrible, que inesperada, y despiadadamente se apoderaba de la tranquilidad de algunas mujeres; los síntomas de dicho trastorno  producían temblores frecuentes, sudoración, exaltación y desespero, llegaba incluso a condenar a algunas mujeres al encierro en los hospitales siquiátricos, dónde los médicos intentaban salvar sus cuerpos de desfallecer o colapsar ante semejantes malestares, y de la cual, profesionales de todas las áreas intentaban dar razón, pero que pocos lo lograron.

Era el año 1952, y el virus infernal que se pasaba de mujer a mujer, había llegado al municipio de Santuario, lugar dónde se conoció por primera vez en Antioquia el caso más importante en sociedad, y que daría mucho de qué hablar.

Se trataba de Carmen Adela Betancur Estrada, madre de un hijo muerto de tuberculosis a los 3 años; esposa leal, ama de casa consagrada, de rosario en mano y biblia bajo el brazo, obsesiva por la limpieza y el protocolo, amante de las visitas en casa; de rostro risueño y malicioso, ¡pero muy de su casa siempre!, estaba casada con el ilustre don Belisario Guerra y Paz,  político conservador de ultra derecha, alcalde aristócrata del municipio, borracho parrandero, pero rezandero los domingos, quien hace ya cuatro años, no le tocaba un pelo a su mujer, pero que sagradamente era visitante puntual de los putiaderos de las afueras los sábados; hombre de corbata y sombrero, célibe en casa y de imagen intachable ante sus seguidores y votantes.

La muerte del hijo de la familia Betancur Guerra, había sucedido precisamente hace cuatro años; había sido un niño regordete y vivaracho, quién milagrosamente sobrevivió a su gestación de tan sólo cinco meses de, concebido desde el primer día en que la parejita contrajera nupcias;  nacido pesando unos saludables 4 kilos y midiendo formidables 52 centímetros, cosa que dio de qué hablar en el pueblo, donde creían que el pequeño vástago representaba un milagro, habiendo nacido a tan pocos meses de gestación y de santo matrimonio;  pero a quién la tuberculosis le había arrancado el alma desde los pulmones y ahora se encontraba enterrado en el cementerio central.

 Para Carmencita, lo más doloroso de la muerte del niño, era el congojo que notaba en su esposo, por quién a diario oraba y pedía consuelo; es que notaba en él tal grado de tristeza cuándo se despedía cada sábado para visitar la tumba de su hijo, y lo notaba tan desaliñado cada vez a su regreso, que casi creía que el hombre se postraba a jalarse el pelo ante la tumba, incluso, viéndole una vez el pecho herido  y arañado, pensó que su esposo andaba buscando entre la tierra el cadáver del niño, pero ella, como buena esposa que era, prefería no decirle nada, y solo continuar sus rezos.

Dicen, que la muerte o desaparición de un miembro, a veces lo enferma a uno; y parecía que a Carmen le había llegado su mal a tan solo meses de que el niño muriera; a la doña, una tarde, mientras veía en el patio a los cerdos que se apareaban y chillaban,  le comenzó a invadir el cuerpo una horrorosa enfermedad, de la que hasta el momento casi nadie  hablaba por miedo, pero que silenciosamente se venía propagando por todo Antioquia entre algunas mujeres casadas; comenzó una tarde de sábado, día en que su excelso esposo se encontraba intentando revivir al muerto, cuando comenzó a sentirse mareada y débil, las piernas le temblaban y las rodillas se le doblaban, el corazón le palpitaba más rápido y la boca se le secaba, le comenzó a arder la piel y a ver borroso; asustada, y pensando que había sido contagiada de cólera, corrió a darse un baño de agua helada, que de a poco le calmaba el bochorno que la embargaba, aunque fuera temporalmente y en su mente continuaba el temor de que la peste de las ratas le hubiera invadido el cuerpo.

Con el paso de los días, los episodios del espantoso sufrir se fueron haciendo más constantes; tanto que una noche, cuando caía un aguacero de esos que arrasan con los árboles, Carmencita estaba desaparecida; fue su esposo, el señor Guerra, quien la encontró gritando de sufrimiento, histérica bajo la lluvia en el atrio de la iglesia y casi sin ropa; el cura, quién había visto la escena, solo pudo pensar que la mujer estaba poseída, y con agua bendita en mano y crucifjo, comenzó a decir:

-Regna terrae, cantate Deo,
Psallite domino, tribuite virtutem Deo
Omnis immundus spiritus,
Exorcizamus te, exorcizamus te!


Carmencita, emitía gritos que lograron encender las luces de varias ventanas chismosas, muchas de las doñas de santuario, sin importar la lluvia, salieron a ayudar a la pobre desvalida, mientras decían a sus espaldas: ­­ - Pobrecita, se enloqueció de tanta politiquería.

Era tal  el dolor y la incertidumbre de Carmen por sus recientes males, que justo para la semana en que se celebraban las fiestas del pueblo,  cansada de las malas lenguas,  que hipócritamente hablaban sólo de ella, aun cuándo sabía que más de una de las esposas de los caballeros, padecían sus mismos males, Carmen quiso darle una oportunidad a la propuesta más absurda que le hubiesen dado, pero a esas alturas, ya no encontraba más opción, y  antes de darse a la pena del martirio de su tortuoso mal, quiso hacerle caso a su comadre y llevar a cabo el tratamiento que le había servido a su nieto para la culebrilla; comenzó por darse unos cálidos baños de boñiga vacuna al amanecer, luego, se sobó la barriga con saliva de niño mueco, al día siguiente, se tomó dos huevos crudos licuados con hígado, y por último se empapó de pies a cabeza con jugo de remolacha; pero nada le valió, solo consiguió terminar oliendo a mierda y babas durante varios días mientras vomitaba sin parar con la piel de un tono rojo naranjado; y para el día viernes, agotada de su padecer, optó por asumir su rol de mártir, y declarar, que no tenía cura.

Para el día sábado, cuándo culminaban las fiestas, en medio de la bullaranga, las comparsas y la lechona,  a eso de las 6 de la tarde llegaba desde Medellín un tren lleno de menesteres y cachivaches para la gente del pueblo, regalo dado, claro, por el honorable señor Guerra; y entre  los bultos de papa, de maíz y arroz, venía la doctora Amantina de las Delicias, una mujer pequeña pero imponente, de 28 años, médica por vocación, atea por decepción, y arrogante por convicción. La doctora de las Delicias, habría llegado a Santuario a realizar lo que mejor sabía hacer, tratar, de la mano de su colega, el señor Casto Consolador, los cientos de casos de mujeres que había conocido en Europa con enfermedades muy parecidas a lo que se le había dicho que estaba ahora sucediendo en Santuario.

La doctora de las Delicias, se hospedó en una de las oficinas de la alcaldía, lugar que inmaculadamente el señor Guerra había reservado exclusivamente para el ejercicio de la salud, su primera paciente, claro está, fue Carmencita, quién llegó al consultorio apenada y débil, apenas tomada del brazo de su esposo, quien mostrando preocupación dijo a la doctora: - Ya no sé qué hacer, se la encomiendo, haga lo que sea necesario, pero ayude a mi mujer!-  y salió entonces de la alcaldía,  como era usual los sábados, para las afueras del pueblo.

-         Cuénteme Carmen, dijo la doctora, ¿qué le sucede?

-         Ay doctora, es que tengo un mal que me aqueja, desde hace como cuatro años ya, y que con el paso del tiempo se ha vuelto más insoportable; imagínese que se me suben unos calores que no controlo, me mareo, me da un desespero tan grande, que he pensado que el diablo se me mete.

-         mmm, ya veo, y dígame, ¿sangra usted con normalidad, cómo es su alimentación, su vida sexual?

-         Ay pero que preguntas son esas doctora, usted tiene casi mi edad y preguntándome eso, me da mucha vergüenza

-         tranquila Carmen, precisamente, porque tenemos casi la misma edad, es que puede tenerme confianza

-         Pues bueno doctora de las Delicias,  le cuento que desde mis 16 años, comencé a sangrar como una niña normal, me alimento bien porque en la casa la sirvienta cocina sano para todos, y pues de lo otro, no doctora, mi marido y yo no hacemos nada hace mucho, el dolor en él ha sido tanto desde la muerte de mi hijo, que ya no nos tocamos, y él, todos los sábados se va a visitar la tumba en el cementerio, es muy raro, después de tantos años es  como si quisiera seguir enterrándolo.

Ante los relatos de la paciente la doctora de las Delicias apuntaba  en una libreta la historia clínica de manera picaresca, y transcurrida la consulta le dijo a Carmen su diagnóstico:

-         Bueno, como su esposo me la recomendó tanto,  vamos a aplicar en usted un tratamiento especial, la próxima vez, que se le presente un episodio de estos, en los que se sienta tan desesperada, usted se va a venir corriendo, ya que, debo decirle, creo que  usted, se encuentra más que enferma, usted, está histérica

Carmen sabía de esta enfermedad, ya que en una de las revistas que su esposo traía exclusivamente desde Europa, leyó un día de ella, habiéndole llamado la atención una parte especial donde explicaban la atroz cirugía que se hacía a las mujeres que la padecían, se le llamaba “histerectomía” procedimiento en el que a la mujer afectada se le sacaba el útero histérico y no podía tener hijos nunca más; así que muy asustada, Carmen asintió, y aceptó regresar en cuanto los síntomas volvieran.

Y así fue, la tarde siguiente, la paciente se encontraba sentada en el parque, viendo una joven pareja besarse y estrecharse; mientras  en sus adentros, pedía perdón a dios por semejante acto desvergonzado, y comenzaba a elevar plegarias por los jóvenes lujuriosos; en ese momento, comenzó a sentirse un tanto incómoda y mareada, y sabiendo que la crisis estaba a punto de comenzar, salió corriendo al consultorio, donde la recibió un hombre alto, de hombros anchos, barbas abundantes y cabellos bien peinados, su voz, se escuchaba suave, y apenas salía entre sus blancos y grandes dientes; éste, se presentó de manera amable y  le dijo:

-         Tranquila, yo soy Casto Consolador, el asistente de la doctora de las Delicias, ya mi colega me hablo de su caso,  por favor, pase, quítese la ropa, recuéstese, póngase cómoda, ya verá usted, no se asuste que está en las mejores manos.

Un poco nerviosa y ansiosa, Carmen siguió al pie de la letra las indicaciones del tipo, si estaba ahí, debía ser un profesional.

-         Bueno mi señora bonita, usted, cierre los ojos, respire profundo, y deje que la cura llegue de a poco a usted – decía el señor Consolador- entonces, el ambiente, se hacía cada vez más denso, y un aroma afrodisiaco la invadía; mientras sentía que su histeria se hacía cada vez más evidente; se estremecía, y muy asustada comenzó a gritar; los doctores recién llegados al pueblo, le indicaron a la paciente, que debía calmarse un poco, y lentamente sentiría como entraba en ella la cura de sus males.

Tomaron la temperatura de la paciente que ahora ardía, sus pulsaciones eran aceleradas y su respiración agitada; sabían que era el momento, y dieron comienzo al proceso médico semi-invasivo, separaron las piernas y le vaciaron un líquido viscoso, Carmen, no sabía qué sucedía, solo sentía como aquellos profesionales de la salud le masajeaban las piernas, los brazos, el pelo, pensaba ella, que la medicina debía haber avanzado mucho en Medellín, y que los tan renombrados médicos sabían lo que hacían, y así era, ambos doctores se concentraron en acabar, al fin, con el terrible mal que aquejaba a esta pobre mujer.

El ritual de sanación, se inició por la desnudez de la mujer que permitía la liberación de hormonas y malas energías, para trascender en el cuerpo de la enferma, luego los profesionales de la salud con sus manos, a la vez que le decían a Carmen lo hermosa que era, detallaban cada parte de ella y la admiraban casi con glorificación, señalaban la preciosura de su cintura no tan delgada, admiraban sus caderas anchas, sus pecas, sus hermosos dientes y sus pequeños senos, y entre ambos, hacían una orgía de elogios, de deseo, de placer, para llegado el momento, en que estando  inmersos los tres en la fiebre de la histeria, llevaran a Carmen a gritar su padecer.

Carmen se sumergía en confusión, hasta que sintió recorrer por la entrepierna un artefacto vibrante, que atado a una caja de madera hacía un ruido de locomotora, vibraba como taladro y echaba vapor entre sus piernas, era un objeto en forma de falo, que pretendía romperle las entrañas y arrancarle sus males de varios cimbronazos; la paciente asustada, pero deseosa de librarse de lo que la atormentaba hace tiempo, veía como, mientras el doctor Consolador sostenía el aparato la doctora de las delicias parecía calibrar la manivela que lo sostenía; fue cuando de pronto, sin aviso, se estremeció al sentir que aquel invento, llegado gracias a la revolución industrial, le penetraba las entrañas sin temor, rígido y sonoro parecía inyectarle vida a la agonizante, quien ahora notaba que el aire se le iba y pensaba que ahora sí, su hora le había llegado; pero fue cuando entonces, mientras ella gritaba, y se movía temblorosa brincando en la camilla,  sintió de manera desgarrante, como el demonio que en ella habitaba, salía a chorros por sus piernas, su cuerpo sanando, y ardiendo en fiebre infernal, le ordenaba arquear la espalda de manera incontrolable, y Carmen, convaleciente,  blanqueaba sus ojos y arañaba al doctor; hasta que por fin, luego de un ensordecedor gemido, Carmen sintió como su enfermedad, había salido de su cuerpo, se sentía liviana, somnolienta, renacida.

Conforme pasaron las semanas y los meses, y luego de varias sesiones y visitas a sus maravillosos médicos, la doña del pueblo se sentía mejor; y esto se notaba, caminaba con más elegancia, su piel estaba más lozana y su cabello más brillante; se sentía bendita por la mano de los médicos, y quería contar a sus amigas las maravillas de la ciencia, es que no sólo le habían curado el cuerpo, Carmen se sentía nueva, parecía que algo en ella se hubiera llenado de nuevo.

Una tarde de sábado, a eso de las 6, cuándo las vecinas se disponían a hacer el algo, el señor Guerra entraba por la puerta de su casa, ese día, sí había ido al cementerio, su caballo terco se había perdido del camino y allí lo había dejado tirado; el hombre, con los ojos rojos de llorar, el pantalón roto en las rodillas, y las botas llenas de tierra, se encontraba dispuesto a pedirle perdón a Carmen por lo que había hecho durante cada sábado de los últimos cuatro años, un pecado que había ocultado a su esposa y que le atormentó esa tarde estando frente a la tumba del niño, don Belisario Guerra y Paz, ilustre político conservador, oligarca y botaratas, ahora llegaba miserable, humillado y atormentado por la culpa; pero era tarde, en la mesa del comedor, en medio de los manjares preparados para atender la visita del día, se encontraba una servilleta, en la que la nueva doña solo se despedía, cansada del abandono, sintiéndose fuerte y hermosa, había decidido tomar una maleta, empacar tres faldas, y dos vestidos, abandonar a su marido; y largarse a curar a las mujeres del mundo junto a  su dueto de sanación y amor.


Es que Carmen había sido exorcizada, había sido bendecida, había sido curada; y su alma, su espíritu y su cuerpo, nunca más estarían histéricos.




GINA ALEJANDRA GIRALDO ESTRADA
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